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"Yo escuchaba las voces de las diosas" de Fátima Reyes


Fátima Reyes, mujer mexicana, radica en la zona metropolitana, se formó en La Universidad Nacional Autónoma de México como Diseñadora Gráfica, escribe desde los 8 años. Durante mucho tiempo fue la forma en la que ella podía comunicarse con sí misma, con sus emociones, sentimientos y pensamientos más complejos. Aunque empezó leyendo ficción y épica, con el paso de los años se fue adentrando cada vez más en la poesía.





YO ESCUCHABA LAS VOCES DE LAS DIOSAS


En la música, en las flores, en las lunas de otoño, en el calor de unas manos.

Miel ácida y dulce, que mantenía mi interior cálido, luminoso, y caprichoso.

Dejé de escucharlas.


Las sentí alejarse como un tren, ¿o como un ave? más como la segunda, casi en silencio con un

pestañeo que me dejó a ciegas. No sé si se fueron sin avisar, si azotaron la puerta rompiendo la

manija o si partieron con los vientos del este hacia el mar en un barco de papel.

Pero hoy pienso que, tal vez, no es que no me hablasen, sino que yo no podía escuchar.

Me encontré perdida e inmersa en una obscuridad tan densa y fría que mi escucha, mi vista y

mi tacto se entumecieron, me volví noche en ese mar gelatinoso, eché raíces en el lodo y me

hice amiga de espectros con la carne podrida que me susurraban cantos de salvia oscura y

amarga. Mis ojos maltrechos veían todo y nada a través una cortina acuosa que desvanecía el

éter.


Hoy volví a escuchar esa voz claramente.


No es que no la hubiese escuchado, pero se fue acercando como un tren, en la penumbra y

arribó en plena luz, en un claro y cuando me percaté ya estaba frente a mí; yo con mis ojos

desorbitados y mis oídos extasiados.


Recordé cuando las palabras habitaban en mí, en su eterna libertad y esplendor, en un ir y venir

sin ataduras andaban descalzas, y siempre traían consigo flores secas, piedras, alas de cuervos y mariposas, carbón y tierra, arena y sal; a la luz de la tarde habían hecho un hogar sin pedir

permiso, se habían construido unas sillas, robaron una tetera, tejido un suéter larguísimo y

montado una fogata azul que nunca se apagaba; recordé cómo llegaban, y como un soplo

divino, un relámpago, yo... escribía.


Mi ser vibraba y mis ojos se convertían en llamas, mis manos temblorosas trataban de alcanzar

esas letras que borboteaban como chispas, mariposas inquietas y delicadas que saltaban desde

mis adentros, desde los confines del mundo y buscaban su lugar terrenal.

Más de 500 días de silencio, más de 500 días de sequía, viví en la oscuridad eterna a plena luz

del sol.


Pero en una gloriosa mañana de invierno, escuche eso que siempre había escuchado…

El aliento de los días del petricor y del rocío.

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