Xihui Espacio Cultural lanzó y premió el Primer Concurso de Ensayo Identidad y Pertenencia en Ciudad Sahagún
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Xihui Espacio Cultural lanzó el Primer Concurso de Ensayo Identidad y pertenencia, una iniciativa dirigida a estudiantes que cursan secundaria y bachillerato en instituciones públicas y privadas de Ciudad Sahagún, Hidalgo.
El concurso tuvo como objetivo promover el diálogo, la creatividad y el pensamiento crítico entre las y los jóvenes estudiantes del estado de Hidalgo, a partir de la producción de textos que reflexionaran sobre la identidad, el arraigo, la pertenencia y la identificación cultural con Ciudad Sahagún.

A través de esta convocatoria, Xihui Espacio Cultural coordinado por Dení Manjarrez abrió un espacio de expresión escrita en el que las juventudes pudieron pensarse en relación con su territorio, su historia y su comunidad, reconociendo la palabra como una herramienta de reflexión, participación y construcción cultural.
La premiación del concurso se llevó a cabo durante el mes de enero, reconociendo el esfuerzo creativo y reflexivo de las y los estudiantes participantes, así como la importancia de fomentar la escritura y el pensamiento crítico desde edades tempranas.
Este primer concurso representó un paso significativo para fortalecer los vínculos entre las nuevas generaciones y su entorno cultural, consolidando a Xihui Espacio Cultural como un espacio de impulso a la formación, la identidad y la participación comunitaria.

ENSAYOS GANADORES
Bajo el cielo del Altiplano: Ciudad Sahagún, una tierra de industria y alma cultural
Justin Islas Ávila
¿Qué es para mi Ciudad Sahagún? Para mí, Ciudad Sahagún es un recordatorio vivo de la dedicación de cientos de generaciones sahagunenses que dejaron una huella enorme en esta gran comunidad, es sentirse orgulloso de pertenecer a esta bellísima ciudad, es sentir esa brisa con olor a café de olla de los puestos de los distintos vendedores que día a día, con arduo esfuerzo trabajan sin parar.
En mi percepción, los valores y costumbres que definen el carácter sahagunense principalmente son la unidad, la perseverancia, la honestidad, el trabajo en equipo y la empatía. La prueba está en que los trabajadores de las distintas fábricas trabajan sin parar a pesar de las distintas dificultades que se les presentan, como variaciones en el clima, padecer alguna enfermedad, o alguna discapacidad. Ellos luchan por sus familias sin darse por vencidos, asimismo, las mujeres madres solteras que emprenden diferentes negocios para poder tener una fuente de ingresos. Las costumbres más arraigadas en los sahagunenses es la tradición del día de los muertos en México, una fiesta que celebra la vida sobre la muerte, incluso hay un festival anual en el municipio de Tepeapulco llamado “Pueblo Calavera” enfocado en dicha tradición. Si tuviera que señalar el corazón de esta tierra, no solo apuntaría hacia las imponentes naves industriales que nos dieron origen. El verdadero corazón somos toda la comunidad sahagunense, que se encuentra en las calles que nos albergan. Un ventrículo de este corazón podría ser la plaza Rodrigo Gómez en el centro, donde miles de anécdotas y recuerdos se escriben y donde las historias de los jubilados de las fábricas se mezclan con las risas de los jóvenes que hoy soñamos con un futuro distinto. Cada persona, cada colonia, cada monumento, cada anécdota es una vena que lleva al centro de este corazón tan bondadoso, la bella Ciudad Sahagún.
Más allá de nuestras ricas tradiciones y los valores que caracterizan mi tierra, al mirar a mi alrededor, imagino a mi ciudad evolucionando sin perder su esencia. Mi visión del mañana no es solo de un avance tecnológico, o una evolución en la zona industrial, sino, de un cambio en las personas y su manera de pensar, una sociedad sin prejuicios o estereotipos, donde pueda haber una igualdad de género y no exista discriminación por ninguna razón. Sueño con que nosotros, la nueva generación de esta maravillosa ciudad, no tengamos que emigrar para poder encontrar oportunidades que se adapten a nuestras necesidades o conocimientos, y podamos convertir esas naves industriales que nos dieron origen e identidad en centros de innovación y arte, manteniendo siempre la magia de sus inicios.
Si Ciudad Sahagún fuera un mito o una historia sobre una deidad, se contaría que esta tierra no nació al azar, o por un descuido, sino de un antiguo pacto entre el espíritu del viento del Altiplano y los gigantes de hierro que habitaban en los alrededores. La leyenda diría que el espíritu del viento propuso libertad, armonía y el territorio, mientras que los gigantes traerían el fuego, el metal y las ideas de construir una ciudad donde la industria permaneciera por siempre. En este relato el primer habitante no fue creado de barro, o por obra de magia, sino forjado entre el espíritu del viento y el sudor de la honestidad de los gigantes, que se sacrificarían para poder ser la base sólida de esta tierra industrial, que en un futuro tendría el nombre de “Ciudad Sahagún”.
En última instancia, Ciudad Sahagún trasciende la definición de un simple complejo industrial o un punto geográfico en el mapa de Hidalgo. Es, en esencia, un organismo vivo cuya fuerza emana de la unión inquebrantable de su gente, esa comunidad que mencioné antes y que ha sabido transformar el frío metal en un hogar cálido y lleno de tradiciones como nuestro festival 'Pueblo Calavera'. Ser el 'Fraile del Altiplano' me ha permitido observar con detenimiento cómo el rugido de las fábricas no apaga nuestra voz, sino que la fortalece, recordándonos que somos herederos de un pacto mítico entre el esfuerzo y la esperanza.
Al concluir estas reflexiones, miro hacia el mañana con la certeza de que nuestra identidad no es algo estático, sino un proceso de constante evolución. Sueño con una ciudad que, sin olvidar las raíces que nos dieron origen en las naves industriales, se convierta en un faro de igualdad, tecnología y respeto por los derechos de todos. Mi compromiso, y el de mi generación, es asegurar que el latido de mi bella Ciudad Sahagún siga resonando con orgullo en cada rincón del Altiplano, demostrando que somos una tierra donde la industria y la cultura se funden para forjar no solo máquinas, sino un futuro digno y brillante para todos los que tenemos la fortuna de llamarla hogar.

Justin Islas Ávila y Dení Manjarrez
Ciudad Sahagún, mi identidad y pertenencia
Laura Scarlett Muñoz García
Todos los días, al despertar, desde mi ventana, observo el majestuoso cerro del Xihuingo, gigante que observa y vigila al municipio cercano al él, Tepeapulco, así como, a mi querida ciudad, Fray Bernardino de Sahagún, he pensado algunas veces, que, este cerro con su imponente aspecto de 3240 metros sobre el nivel del mar, rodeado de neblina que escurre como cascadas en los meses de enero y febrero, se ha quedado dormido, triste, porque ya no hay espacio para él, al ser testigo de la mancha urbana de la ciudad de Sahagún, que crece intermitente, desde 1952 cuando el licenciado Miguel Alemán Valdés era presidente de México, mancha, que presume progreso pero que ha invadido los campos de maguey, nopales, flores silvestres que son refugio de catarinas de colores; mancha urbana que ha invadido los valles, que en su momento empresarios visionarios, mexicanos y extranjeros consideraron polvorientos pero que habitaban personas que fueron olvidando el campo y el valor del aire limpio, el chillido del gavilán, y las pequeñas tuzas que ahora habitan debajo de las torres de luz o rodeadas de grandes empresas nacionales e internacionales como Alstom, Greenbrier, ASF-K,DINA, Gerdau Corsa, y otras; sin embargo, ciudad Sahagún, además de identificarse como una zona industrial, se identifica por valores como la responsabilidad, la honestidad y el respeto heredados de abuelos mineros, agricultores, zapateros, tlachiqueros, entre otros oficios, que vinieron de otras partes del Estado de Hidalgo o comunidades cercanas, pero también por las formas de trabajar, costumbre e ideas de personas de otros países como Japón, Francia, Canadá, y de personas del Estado y Ciudad de México, es decir, ciudad Sahagún es la fusión del campesino, comerciante, obrero, profesionista, una caja de Pandora pluricultural, que emociona con el original graffiti plasmado en paredes de calles y casas desconocidas, con las palabras de poetas, músicos o pintores que están a nuestro alrededor sin que conozcamos su magia, que sorprende con el néctar de la Diosa Mayahuel, sustraído por los tlachiqueros sobrevivientes de la industria, con la energía de jóvenes emprendedores que llenan con su creatividad espacios y parques familiares, pequeños empresarios que alimentan a las empresas más grandes, con la convicción de crecimiento y desarrollo personal de profesionistas que han transitado por las diferentes instituciones educativas de la ciudad moldeados por las manos repletas de compromiso y humanidad de sus profesores.
Sin duda, como adolescente sahagunense, segura estoy que los monumentos que dan la bienvenida en distintos puntos de la ciudad, me orientan a un futuro prometedor, que si bien, este puede ser devorado por la tecnología, la delincuencia, la ambición o el ecocidio, estos monumentos me recuerdan valores y cualidades que debo fortalecer, conservar y heredar, como el no perder la curiosidad, la exploración, la investigación y conservación cultural de lo desconocido como lo hizo Fray Bernardino de Sahagún, la justicia Social que caracterizó a Miguel Hidalgo, la lucha, apoyo y justicia para los obreros que ofreció el General Lázaro Cárdenas, el estudio del entorno, la planeación, organización y precisión del Ingeniero Carlos Lazo quien diseño casas habitación y carreteras de gran parte de la ciudad y la valentía, fuerza, responsabilidad y orgullo de la clase obrera representada por la unión de fragmentos del resistente fierro, como muchos habitantes de esta ciudad.
Ciudad Fray Bernardino de Sahagún
Alejandra Martínez Rivas
Ciudad Fray Bernardino de Sahagún, es un lugar donde el tiempo parece avanzar de una forma distinta, como si caminara despacio para no olvidar su pasado. Hay algo en su ambiente que se siente inolvidable, como un recuerdo que no se quiere ir. No es una cuidad ruidosa ni apresurada, sino un espacio donde todos los días pasan con nostalgia, con esa calma particular, dejando que cada momento tenga su propio espacio en el corazón, de cada una de las personas que viven ahí.
Ubicada en el municipio de Tepeapulco, en el estado de Hidalgo. Es donde se guardan las historias de miles de personas de clase obrera. Su historia esta plasmada en cada uno de sus rincones, desde las empresas, escuelas, parques calles, hasta el lugar más personal e íntimo, el hogar de cada una de las personas que habitan la pequeña ciudad.
Aunque para muchas personas es solo una pequeña cuidad que fue echa para los obreros… para mi es más que eso, es el esfuerzo de cada una de las personas trabajadoras, qué con su esfuerzo y sus ganas de salir y seguir adelante, impulsaron a más personas, a no rendirse, a salir adelante, aunque a veces duela un poco. Cuidad Sahagún no es solo un punto en el mapa, sino una sensación. Es una cuidad que percibe más de lo que se explica, donde la rutina se vuelve paisaje y el tiempo deja huellas, que marcan para toda una vida.
Hay una nostalgia tranquila y paciente en su forma de existir, una especie de calma que envuelve a quienes recorren la ciudad y los invita a mirar con atención cada uno de sus pequeños detalles.
Ciudad Sahagún surgió como un proyecto industrial importante, lo que influyó directamente en su crecimiento y organización. La presencia de fábricas y zonas industriales atrajo a trabajadores de distintos lugares, quienes encontraron en la pequeña ciudad una oportunidad para establecerse. Gracias a esto, Sahagún comenzó a crecer no solo en tamaño, sino también la diversidad, formando una comunidad basada en el esfuerzo colectivo y la constancia, de personas trabajadoras con muchas ganas de salir y seguir adelante.
La industria no solo dio empleos, sino que también definió el ritmo de la cuidad, marcando sus mañanas, sus tardes, y hasta el cansancio de sus noches de desvelo. Durante muchos años, la vida diaria giró alrededor de los horarios de trabajo, del sonido de las fábricas y del movimiento constante de las personas que entraban y salían de ellas. Este estilo de vida dejó una huella profunda en la identidad de Sahagún y de cada una de las personas que lo habitan, convirtiéndola en una ciudad trabajadora, fuerte y resistente al paso del tiempo.
Sin embargo, Ciudad Sahagún no es solo industria; es un hogar que se siente en los detalles pequeños y en los momentos simples. También es hogar en sus calles, parques y espacios públicos, son testigos de la vida cotidiana se sus habitantes. En ellos se desarrollan momentos simples pero importantes y bellos: caminatas tranquilas, conversaciones largas, juegos de infancia y recuerdos que se quedaban grabados en la memoria. La cuidad se construye no solo con edificios, sino con las experiencias de quienes la viven día a día.
El ambiente de Sahagún transmite una sensación particular de calma y rutina, pero no cualquier rutina si no una especial, una que no cualquier lugar te puede dar, sino como un latido constante que te acompaña toda la vida y la vida de quienes la habitan. No es una cuidad acelerada, sino constante. El tiempo parece fluir de manera pausada, pero no de cualquier forma, sino que de una forma que te permite seguir observando los pequeños detalles, que muchas personas a veces pasan por desapercibidas. Esa tranquilidad puede ser vista como una fortaleza y como un reto, ya que invita a la reflexión sobre el cambio, el crecimiento y el futuro de la cuidad, como la vida de quienes lo habita.
A lo largo de los años, Ciudad Sahagún ha enfrentado cambios significantes. Como muchas ciudades industriales, ha tenido que adaptarse a nuevos contextos económicos y sociales. Algunas fábricas han cambiado, otras han desaparecido, y con ello también se han modificado las dinámicas de la ciudad. A pesar de estos cambios, Sahagún y toda su comunidad conservan una esencia firme, sostenida por la memoria colectiva y la identidad de su gente.
Ciudad Sahagún, Hidalgo, es más que una ciudad industrial; es un espacio donde el tiempo, la memoria y el silencio conviven. No necesita grandes monumentos para contar du historia, porque está vive en lo cotidiano, en los pasos repetidos, en los días que parecen iguales pero nunca lo son del todo.A lo largo de los años, Sahagún ha aprendido a permanecer. Ha cambiado, se ha adaptado y ha seguido adelante sin perder su esencia. Es una ciudad que no busca brillar, sino existir con honestidad, dejando que su identidad se construya poco a poco, como una canción suave que acompaña sin imponerse.

Alejandra Martínez Rivas




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