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Poemas de Itzamatul Ikal (México)

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Itzamatul Ikal (Ciudad de México, 1992) es un poeta mexicano cuya obra se caracteriza por una profunda exploración de la muerte, los sueños y la naturaleza, con un lenguaje cargado de simbolismo y sensibilidad lírica. Aunque nacido en la capital, se identifica como hidrocálido por convicción y actualmente reside en Tlaxcala de Xicoténcatl, México. Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas, formación que cimentó su incursión en la literatura. Su trabajo ha sido publicado en diversos medios digitales y físicos. En 2022, participó en la antología Breviario Pandémico. Antología de poesía hidrocálida, publicada por Editorial Agujero de Gusano. Al año siguiente, lanzó su primer poemario individual, Jauría de ángeles, con la misma editorial.





El agua verde del río avanza.

Los animales dormidos me están soñando

mirar las piedras húmedas

o el moho;

las nubes que presagian lluvia.

Bajo mi peso una ramita cruje

y los animales despiertan

alertas en rebaño giran

y buscan

la presencia o mi cuerpo:

El peligro.

El agua verde del río avanza

y la lluvia comienza.

El moho y las piedras húmedas se agitan,

también despiertan:

Los animales mueren

en donde yo no estoy.



Cuando la mañana se quedó dormida

en una taza ya tibia,

comprendí que todo lo dicho

era solo el murmullo de una puerta al cerrarse.

Porque nombrar es un gesto de fe,

como tener recuerdos de una casa que ya no existe

o esperar que la luz revele al menos

la forma en que se asienta el polvo.

Habré de abandonar

este animal manso que es mi cuerpo.

Mi ropa secándose al sol como un perro sin vida

y más allá una foto sin nadie

o un lugar con las ventanas sucias, rotas

y la hierba seca y alta en el jardín.



El reloj es un árbol que ha dejado de dar frutos.

Mi abuelo decía que la muerte era una pregunta.

Lo enviaron al asilo para responderla.

Ahora hay un reloj girando en la pared de mis sueños.

Ahí mi abuelo estira su mano y despierta

en medio de la noche para escuchar

como la luz del alumbrado público

se arrastra hasta su cama.

La pared es blanca y el reloj es negro.

La luna es negra, pero la noche es blanca.

Los minutos caen

y las horas, circulares, caen.

A lo lejos escucho cómo mi abuelo llora.

Lo imagino sentado, quieto y sin decir ya nada,

llorando al fondo de su cuerpo;

muy al fondo como un árbol

estéril que ha escondido su fruta

en medio de la oscuridad.



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