Dos poemas de Yuritskiri Campos Anguiano



Nació en Aranza Michoacán. Licenciada en Trabajo Social por la Universidad Don Vasco A.C. Maestra en Investigación y Docencia por la Universidad Santander. Actualmente se desempeña como docente frente a grupo en el Subsistema de Telesecundaria Michoacán. Miembro del taller Anden de Letras, Uruapan, Michoacán, México; (desde enero de 2019). Mediadora de lectura, tallerista de modelado en barro y elaboración de títeres. Ha participado en encuentro de poetas en línea y presenciales en México.



ROSA


I

Sembró el cielo de

violetas

que florecen al filo de la

muerte en el azul,

que no es mar,

ni arena,

ni la nieve,

sino el azul de sus ojos

extraviados.

II

Pintó el amor

(en las pupilas dilatadas

por el miedo)

el amor de su madre y

de sus hijas,

que desde el silencio

saben lo pesado de la

carga,

el viento trae sus voces

te acarician

te acompañan

son protagonistas de tu

lucha diaria.




III

Llena eres de gracia,

repites para ti

el mismo verso,

ni un suspiro

ni un gemido

ni una palabra

articulada

solo los dardos envenenados

que deja el silencio.


IV

Sueñas que es un sueño

la oscuridad de días y

noches derramas

lágrimas

sordas

en las paredes de la

casa,

su humedad te carcome sin que se note

¡no hay forma de

escapar!

¡no hay forma de decir

no!

eres pájaro dócil

que no olvida la alegría

de su canto

a pesar del abismo de

sueños rotos.

V

Eras niña cuando aquel

hombre

de ojos de mar.

notó tu andar,

mujer pétalos de Rosa

te palpo

te sintió

sembró en tu vientre

una niña,

Y te desprecio.

VI

Mujer pétalos de Rosa.

llueve en tu cuerpo

lágrimas

semillas

flores

sangre

suave aliento de violetas.


CUALQUIER DÍA

Como homenaje a la vida y a la amistad que nos une a pesar de la

La muerte E.


Te levantas, después que ha sonado el despertador, aunque tu cuerpo estaba alerta media hora antes. Abriste un ojo con sigilo, abriste el otro con pesar y el mundo se iluminó, ella está allí, entregada a sus sueños. La contemplas con la suavidad de amor maduro, es la elección de las noches y los días, ella compañera absoluta. Incluso con el eterno ir y venir de las horas difíciles.

Vuelves al tiempo, vuelves a ti... Hay que correr, llamar a los chicos para ir a la escuela, revives con ellos tus tiempos de infancia y adolescencia, piensas que mundo tan difícil les está tocando vivir. Tratas de ser firme, pero detrás, ríes de tu reflejo. Son momentos para disfrutar, hasta la pequeña discusión mañanera que termina en el momento que todos están sentados en la camioneta.


Mientras manejas, comienzas a repasar sus imágenes, uno a uno revela sus gestos, piensas que él tiene tus ojos, ella se ríe como su mamá, el otro se parece al abuelo. Gozas con verlos más altos. En la puerta de la escuela elevas una oración y te pierdes por un instante en la parsimonia de sus pasos, hasta llegar a recordar las cosas triviales como: hay que comprar zapatos o tenis o un nuevo pantalón. Mil imágenes se agolpan en tu recuerdo. Sus nacimientos, el brote de sus primeros dientes, el primer día de escuela. Sus manos pequeñas aprisionando tu dedo. Que nadie dude el amor que te inspiran los tres.


Hay tantos momentos maravillosos, incluso los más difíciles —vuelves a decirte—. Te despides de tus pensamientos cuando el auto de atrás exige con el claxon que despejes el área de descenso. Y tú sonrisa aún pueril, a pesar de tus 50 años recién cumplidos, delata el carácter juguetón y desenfadado que te ha permitido tomar la vida desde el lado más ligero, no porque la vida sea fácil sino porque así lo has elegido.


Buscas un lugar donde estacionarte ya que el teléfono suena y es tu papá. Desde que murió tu mamá hace casi un año te llama todos los días a la misma hora, es casi siempre el mismo diálogo, el mismo encargo de que seas prudente y la misma invitación a comer que recibes con un poco de molestia, la casa sin ella no es la misma, le falta su figura, su calor, su luz, regresas nuevamente a ti. Y atinas a decir con voz firme que hoy sí irás a comer y que lo quieres, él con voz temblorosa te contesta y yo a ti hijo. Enciendes la camioneta, hay tantas cosas que hacer, buscar clientes y proveedores, llamar a la oficina por si al jefe se le ocurre alguna reunión de improviso... No hubo nada, así que decides ir a desayunar a casa, terminar el café, al que solo pudiste dar un sorbo antes de salir corriendo para que no se hiciera tarde , en espera de la hora de ir a supervisar el corte de la huerta apalabrada, en Ario de Rosales.


De pronto por el espejo retrovisor, aparece una camioneta negra como la tuya, primero detrás y luego se emparejan por el otro lado, dos motos te alcanzan... En el tope te gritan ¡frena cabrón! con pistolas te apuntan, que no entiendes cabrón, ¡frena y bájate de la camioneta!...


Todo comienza a verse y a oírse lejano, estás aturdido ¿Qué hacer? En un segundo se regresa la película de tu vida, pisas el acelerador, vuelas el tope... ¡Hijo de la verga este no entendió!, se oyen gritos, que no entiendes. De una de las motos en movimiento, se dispara una ráfaga de tiros, el primero acierta en la cabeza, otro el hombro, así impactando tu delgado cuerpo, los asientos, la caja y el parabrisas.


Aferras las manos al volante, pero tu cuerpo no responde. La camioneta se detiene en la pared de la tienda, ante el asombro de la dueña y sus clientes, quienes salieron corriendo a auxiliarte. Un hilo de sangre escurre de tu cabeza inerte, otro de tu boca, se ha formado, (en el tapete) un mar rojo. Un día cualquiera, no cualquier día, tu vida se detuvo.








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