"Si no regreso" de Mariela Anastasio


Mariela Anastasio es escritora, dramaturga y docente. Prof. de Comunicación Social, egresada de la UNLP. Participó en festivales internacionales teatrales (España, Colombia, Perú, Bolivia, El Salvador, Brasil, Venezuela y Ecuador). Estrenó trece obras en Argentina, 1 en Venezuela y dos en España Invitada 3° Encuentro de Dramaturgia Femenina, Atenas 2021./ Participó del festival “Mujeres Parlantes”, Barcelona 2021/Seleccionada por Ediciones Afrodita para integrar antología poética “Melodías del alma” 2021 (con autores de distintos países)/ Seleccionada por la revista eslovena Literatura.si para ser publicada en 2021, con traducción al inglés y al esloveno/Ganadora del Primer Premio del Concurso de Dramaturgia, Teatro Abierto (La Plata, 2020) / Finalista Certamen “Cabezas Parlantes” (Barcelona, 2020/ Edinburgh Spanish Film Festival, Octubre 2020 Edimburgo)/ Invitada por Ed, Invasoras para integrar “De los días sin abrazos” (Madrid, 2020). Publicada en la revista Lado (B)erlin (Alemania, 2020 ) Finalista Certamen “Carro de Baco” (Barcelona, 2020)/ Publicada en revista Literaria mexicana “Teresa Magazine” (Diciembre 2020)/ Seleccionada por Ed. Manticore, Certamen “Migrantes” (Gran Canaria 2019), Publicada en “La Patria de los Parias”, Ed. Invasoras (2019, Madrid)/ 1° Premio I Certamen de Microteatro de Horeca (Zaragoza, 2018) Seleccionada Microteatro Oficial de Barcelona (2018) Becaria del Fondo Nacional de las Artes (2019) Publicó dos libros, con el apoyo del INT: “Miscelánea de obras dramáticas” (2013) y “Breves domésticas” (2019). Club Hem, editó : “No será lo mismo” (Colección Emergente, 2018)




SI NO REGRESO


En sueños perdí un tren, y en la almohada perdí mis cabellos. Esta mañana me levanté, y estaba calva y blanca. Las manos me temblaron al pasar el cepillo por una cabeza rala. Recordé aquella tarde cuando arranqué todo el pelo a las muñecas de la abuela, y que después puncé los ojos, y entonces después la abuela tenía los ojos punzó de rabia. Recordé a la abuela muerta, que también se apareció en sueños, ella, al lado de papá, en una gran mesa de cumpleaños, que festejábamos con mucha gente. Papá soplaba las velitas, yo iba a sacar una fotografía y entonces ahí la veía a ella, sin mueca o enojada, con un vestido negro como los de antes, abotonado hasta el cuello, rostro rígido de cadáver. Me asusté. Cuando desperté, pensé: ojalá no se lo venga a llevar a papá, porque: ¿qué significa que se aparezca así, justo cuando él va a apagar una vela? Quise quitarme de la cabeza la escena, pero entonces la imaginé allí adentro, ya sin ojos (como sus muñecas), ya sin pelo (como yo, que lo pierdo invariablemente) No quiero perder más cosas. A ella ya la había olvidado, o bueno, al menos el dolor que me causaba su ausencia. Pero se aparece en sueños y me pone en alerta; eso, y que estoy nerviosa. Ya no puedo detener la caída de mi hermoso cabello, y no importa que sea joven. No importa que sea joven, porque el tiempo igual me pasa y no son pocas las amenazas; ella y los relojes son la advertencia que están para recordármelo; el tren que pierdo, las velitas... todo se confabula en mostrar que es estúpido aferrarme a algo, y si no quiero creerlo, entonces mejor que mire el espejo, ese que se queda con mi imagen, ese que cada día me quita brillo y me dice: estás más vieja que ayer.

Qué mierda esta melancolía. Demasiado café y psicoanálisis. Debo buscar una salida a la cosa. Ya me lo dijo la psiquiatra, aquella tarde desde su escritorio; ya me lo dijeron los otros médicos también, desde sus rígidos escritorios, desde donde escriben las recetas y dan los terribles diagnósticos . ¿A qué le tengo tanto miedo?


Es que los sueños me disgustan, es eso.


Entonces abro la ventana. Hay sol, y el día es menos lúgubre que mi baño y mis pensamientos. Me pongo un vestido y me cubro con un pañuelo la cabeza desmechada. Así no, me digo. Así parece que tuvieras cáncer. Qué cruda, qué cruda esa voz mía que me dice las cosas de esa manera. No me gusta cómo me habla, y cuando empieza así, ya no puedo callarla. Mejor me pinto las uñas. Abro la puerta, tomo el aire y me voy a caminar, y en la calle sin pensamientos, me voy vaciando hasta ser nada, hasta olvidar porqué salí y de qué vengo escapando, porque sé muy bien de qué me hablan los sueños, ese andén y esa abuela, y no quiero por eso quedarme todo el día encerrada, llorando o escribiendo tan presa de mis sentimientos, de mis emociones desbordadas.


Mirá qué azul está el cielo, qué límpido el aire, me digo. ¿Por qué te empeñas entonces en quedar atrapada en el laberinto oscuro, ese que te armás? No hay caso que no puedo detener este diálogo, y es preciso que lo haga, que me libere de mí misma. Que busque por fin la salida, que a veces parece estar tan cerca, o que arranque de cuajo las cercas. Podría...


Caminando lo voy a lograr. Con la cabeza despejada.


Entonces llego a un arroyo, y allí pienso quedarme, esperando a que salga la luna, evitando mi cama y la almohada que me succiona pelos y energía.


No, no volveré allí hoy. Me quedaré junto a las luciérnagas, me perderé en esta oscuridad más hermosa que es la noche, y dejaré de pensar en cementerios, en tumbas olvidadas o en nuevos agujeros que quieran tragarme.


Mejor sueño despierta, mejor me quedo nada más escuchando el agua, acá sin tiempo, aunque los relojes nunca callen, porque: ¿que más puedo hacer que no escucharlos.? Yo ya sé que están por todos lados, y que estarán en mi casa, y más gastados, y que cuando regrese allí me mostrarán un rostro más débil, más plateado. Sé que aunque los haya tapado con frazadas o amordazado con cinta, ellos igual tic-tac ahí en el fondo, y no importa ni que los destroce con un martillo o con una masa y estallen los vidrios y vuelen las agujas por el aire. Ellos tic-tac, tic-tac invariable y persistente, marcando los minutos, las horas, los años; arrasando con los calendarios, las cosas, amarillándolas, oxidándolas, entumeciéndolas. Tic tac y sin importar nada, ni las lágrimas ni las desilusiones. Tic tac sin furia y sin prisa, en el ritmo preciso que se necesita, para de a poco, ir quitándole el brillo a todo.


¿Entonces yo qué más puedo hacer que regresar? Desandar el camino, volver en algún momento, acudir a la cita, rendirme ante el sueño, y volver a soñar para ver. No hay lugar adónde ir, no hay lugar en el que pueda estar a salvo. Caerá mi pelo en donde me apoye, se cumplirá mi fantasía, aunque la niegue. Volverá el tren y esa abuela, y un día, ya resignada y quieta y más calmada y lisa, me entregaré a ese destino, a ese marcado para mí y para los otros; ese que no quiero enfrentar, pero del que tampoco ya podré huir, ese que me aleja de la infancia, ese que me lleva de los pelos como una mamá enojada, ese que me arrastra como una niña que pelea con su muñeca, y le raya la cabeza contra el suelo. Ese que me lleva hasta ahí, hasta esa orilla, a ese filo de montaña, hacia el abismo, en donde tendré que ver, mirar de frente, aunque ya no tenga ojos, ni fuerza, para aceptar, que se ha acabado el tiempo.

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