"Karen" de Angélica Mancilla García


Angélica Mancilla García (Ciudad de México, 1987). Feminista. Estudió Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Estudios Superiores Acatlán (UNAM) y Comunicación Cultura en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha colaborado como periodista para diversos medios digitales como Cimacnoticias, Proceso, Lado B, entre otros. Es co-creadora de Ingrávida, un proyecto transmedia integrado por un fanzine, un canal de youtube y un programa de radio dedicado a la literatura escrita por mujeres. En 2015, su ensayo “Elegía por la igualdad” (México, IEDF, 2015) obtuvo el primer lugar en el concurso de ensayo “Género, educación cívica y democracia”. Algunos de sus cuentos han sido publicados en diversos medios impresos y digitales como Enpoli, Especulativas, El Mollete Literario, Logógrafo, entre otros.



KAREN


A Miriam Rodríguez, a todas las madres que buscan a sus

hijas e hijos, mi más profundo respeto.


Un día no llega y tienes la esperanza de que sea un descuido, un olvido o rebeldía, de que sea "lo bailado nadie me lo quita", de "más vale pedir perdón que pedir permiso", pero entonces pasan los días y pasan semanas y se hacen meses y el temor de empezar a llevar la cuenta en años se hace evidente. Y un día te cachas imaginando lo peor, pero no sabes qué es lo peor, y aún hay esperanza. Y un día sientes vergüenza y otro rabia, pero siempre, siempre hay culpa. Repasas cada "hubiera" y se instalan en la cabeza como bucle del que no hay escapatoria. Y otro día le echas la culpa a la policía, al gobierno, al sistema, pero tú eres parte del sistema y tienes culpa. Y así pasa el tiempo y la justicia nunca llega. Al principio estás rodeada de gente, de gente que genuinamente ofrece apoyo, pero la vida sigue y tú permaneces suspendida en el tiempo y no los culpas de que se alejen, de que no soporten estar contigo porque a lado de ti su felicidad les incómoda, y un día sin darte cuenta ya no están, todos se han ido, siempre se van. Y ya no tienes miedo y ya no tienes nada y ya no tienes planes y es que ya has muerto, respiras, pero en ti ya no hay un ápice de vida. Y sales a caminar en este clima estéril, en estas calles áridas, entre esta gente que te mira desconfiada. Y los kilómetros se van acumulando y sigues sola, pero ya eres caravana, buscadora, una loca, aunque esa siempre fuiste. Y una fosa clandestina y luego otra y restos que ya son incontables, y lágrimas y alaridos y rodillas sobre la tierra que hierve, que arroja coágulos, y manos agrietadas escarbando entre escombros, arañando tierra. Y encuentras a tu hija, tu hija que ya no es tu hija, que no reconoces, que ha sido mutilada, como tú el día en que no volvió a casa. Y quieres llorar, pero ya no tienes lágrimas. Y quieres justicia, pero qué cosa es la justicia. Y ya no sabes qué buscar, y entonces sólo te queda un camino: te tiñes el pelo, compras un arma, te haces pasar por encuestadora, por trabajadora de la salud, acechas a los malditos asesinos, te haces amiga de su familia, pero no pierdes la calma, quieres que sus madres también sufran, porque ellas siempre tienen fe en que hay bondad en ellos, pero primero hay que encontrarlos, entregarlos a la policía. Y entonces son encarcelados, pero tú ya no sientes nada, porque, lo habías olvidado, pero en ti ya no había vida y sin embargo estabas sentenciada. Y un día te enteras de que los malditos, a quienes por años perseguiste, escaparon. Y otra vez hay rabia, pero sabes que siempre estuvo ahí. Y otra vez te hayas en un bucle infinito. Y tomas tu arma y tomas bolso, y mientras caminas te da risa, una risa falsa, una risa diabólica de quien sabe que todo es una farsa. Y la adrenalina sofoca tu cuerpo y corres a través del maldito puente, pero tú no vas a Texas, buscas flores, y resulta que ese día no hubo flores, sino lentes, y entonces se cruzan sus miradas, el tiempo se detiene y él corre, pero tu dolor es aún más ferviente, lo tiras, caes sobre él, le apuntas con el arma, quieres disparar pero no te atreves, y no puedes creer que haya terror en su mirada, y no puedes creer que ese sea el rostro de un feminicida, y te sorprende que no haya habido humanidad en un rostro tan humano. Y luego de semanas la sentencia “por ir demasiado lejos” toca la puerta de tu casa, la casa que ya casi no habitabas. Y en los últimos segundos todo esto pasa por tu mente, pero sientes alivio, sabes que ya no te duele dejar al fin el mundo que un día maldijiste, a pesar de que inevitablemente te bendijo. Y es que es 10 de mayo, y ahora sí sonríes, una sonrisa honesta, porque estás a punto de encontrarte con tu hija, con tu Karen.


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