Un cuento de Nina Rapp "Ella no gritó"



Música, pianista y compositora. Actriz, dramaturga y directora teatral. Ha compuesto más de treinta temas musicales para Teatro y Danza, muchos de ellos premiados. Autora de unos quince textos teatrales, ha dirigido cerca de cuarenta obras. Maestra Interna del Teatro Argentino de La Plata y Pianista de Danza Clásica y Contemporánea en la Escuela de Danzas de La Plata. Tiene escritos alrededor de cuarenta cuentos y relatos aún no editados. Se regocija con la naturaleza y le apasiona pintar y reciclar muebles antiguos; pero lo más importante es que la inquietud no la abandona y una de las preguntas que se hace es si le va a alcanzar la vida para poder poner en práctica todo lo que desea.




ELLA NO GRITÓ



La casa estaba cerrada desde hacía mucho.

La tranquera caída, el camino de ladrillos invadido por los pastos, hileras de hormigas y bichos bolita lustrosos que pisaba como cuando era chica para escuchar el “crac”, y el trino de algún pájaro que no encontraba nido.

Se detuvo frente a la puerta.

Buscó la llave en el bolsillo de la campera. La mano le temblaba y el aro del llavero se enganchó en el dedo índice y le sacó sangre.

Se llevó el dedo a la boca y lo lamió.

“¿Estás loca? ¿Y el óxido?”

Todo se silenció. Ella no gritó, había pensado… Chistó y la naturaleza despertó el viento, el aleteo del pájaro, algunos grillos tempraneros, un relincho, ladridos de perros…

Juntó saliva y escupió.

La baba tenía un tinte marrón y el dedo seguía sangrando. Lo envolvió con una hoja de enredadera, el llavero estaba en el piso y lo levantó con la izquierda.

La puerta estaba ahí, igual de vieja como antes, igual de enorme como antes, y el tiempo no la había empeorado ni mejorado.

Caminó los dos pasos que la separaban y se agachó para mirar por el ojo de la cerradura; el protector de chapa cayó sobre su pestaña derecha que quedó atrapada en una astilla. La llave cayó de nuevo al piso y sus manos se apoyaron sobre el cedro; movió la cara para salvar aunque sea dos o tres pelos y ni eso pudo.

“¿Y ahora? Las pestañas no crecen más”

Empezó a arrancarse las del ojo izquierdo; sintió un gruñido de perrazo y corrió hasta una parecita de ladrillos; se escondió atrás, respirando agitada y gruñó como le había enseñado su padre, hombre de campo. Espió el camino. Estaba despejado (de perro, por lo menos), volvió hasta la puerta de cedro y empuñó la llave, corrió el protector de chapa, la llave entró, giró hacia la izquierda pero no era, hacia la derecha pero si era.

“¡Abre al revés. No puede ser!”

Todo se silenció de nuevo. Ella no gritó, había pensado… Chistó y la naturaleza despertó el viento, el aleteo del pájaro, algunos grillos tempraneros, un relincho, ladridos de perros… Y una campanada.

Más el chillido de las bisagras y sus pasos sobre el piso de tablas brillantes, como recién lustradas. Los ojos se le llenaron de colores. Cortinas pesadas tapaban los ventanales. Las corría y una neblina de polvo la hacía estornudar. Quería ver los pinos, los eucaliptus, los malvones y el horizonte; los vidrios estaban marcados por huellas de manos, chicas, medianas, grandes. Cuando quiso rascar las huellas con las uñas, notó que las manos abiertas estaban del lado de afuera. Las ventanas estaban selladas.

Se sentó en un banco de tres patas y respiró profundo. Cerró los ojos y se masajeó los brazos y los hombros y cuando los abrió vió la cocina de hierro negro, una pava también negra, pero de hollín; del pico salía humo.

“¡Entonces hay alguien! Pero, ¿quién?”

Fue hasta la puerta. Estaba cerrada y la llave había quedado afuera. Caminaba para aquí y para allá y no había otra puerta. Mientras sonaba una voz de mujer cantando una canción alemana que salía de un gramófono a cuerda, ella caminaba en cuatro patas por el piso buscando una puerta de esas que van a un sótano. Nada de nada.

Agotada se durmió sobre el piso de madera.

La despertó el sonido de su estómago que reclamaba comida; todo estaba oscuro, no sabía qué hora era y la luna estaba oculta por las nubes; no recordaba si había luz en la casa ni donde estaban los interruptores ni los enchufes ni siquiera un velador o unas velas. Se incorporaba tanteando con las manos y los pies para no tropezar; el gramófono seguía emitiendo la voz de la cantante, ahora más llorona y lenta por falta de cuerda, hasta que iba decayendo y moría. Tenía tanta hambre que le parecía oler a pan caliente.

Fue hasta la cocina de hierro negro y de ahí brotaba el aroma.

Abrió la tapa y encontró uno de esos panes que amasaba su madre, de los redondos con un tajo en el centro; estaba tibio y lo partió con las dos manos mordiendo los pedazos migosos y cascarudos; los masticaba poco y se atragantaba con la corteza tostada. Tosía, tragaba y volvía a morder. Escarbaba en la miga para evitar lo duro y se comía más de la mitad. Y eso que era muy grande.

Tenía sueño. Encontró un sillón maltrecho y buscó algo conque taparse; encontró una manta que se balanceaba y cuando la descolgó vió un cuadro con una imagen de mujer con el pelo y los ojos negros; tocó con el dedo que había vuelto a sangrar y dejó una marca sobre la mano que era su propia mano y que al acercarla advirtió que era un espejo; se fue para atrás y la mujer también, se puso de perfil y la mujer también, le dio la espalda y la mujer también, era ella pero no era ella, se dio vuelta y quedó de nuevo frente al espejo, pero ahora la mujer de ojos y pelo negro no estaba y en su lugar aparecía una nena de ojos y pelo castaño. Tapó el espejo con la manta, se acostó en el sillón, puso el resto del pan sobre la panza y se durmió.

La despertó un rayo de sol sobre los ojos y un olor a tostadas y café se le coló por la nariz; miró su panza y el pan había desaparecido.

Fue hasta donde estaba la cocina negra y encontró el resto de pan cortado y tostado y un jarro con el enlozado descascarado lleno de café caliente; lo bebió rápido mojando las tostadas y sorbiendo con el mismo ruido que hacía su padre y que a ella no le gustaba.

“Bueno.Ya está bien”.

Todo se silenció de nuevo. Ella no gritó, había pensado… Chistó y la naturaleza despertó el viento, el aleteo del pájaro, un relincho, ladridos de perros, arrullo de palomas, una campanada…

Y una voz de hombre que la llamaba, más el sonido de la llave que había quedado del lado de afuera.

“Señora, ¿está bien? Hace un ratito que la vi entrar y me di cuenta que su bastón quedó afuera y la llave también. Venga que la ayudo, deme la mano y camine con cuidado, que el piso está lleno de agujeros y se puede lastimar.”

Ella extendió la mano temblona, llena de arrugas con pecas marrones y cruzada por venas verdosas y se apoyó en el brazo que le ofrecía el muchacho.

Detrás de su espalda encorvada quedaba la puerta, el trino de algún pájaro que no encontraba nido, hileras de hormigas y bichos bolita lustrosos que pisaba como cuando era chica para escuchar el “crac”, el camino de ladrillos invadido por los pastos y la tranquera caída.

La casa estaba cerrada desde hacía mucho.


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