"Súplicas y pañuelos" de Santiago Garcés Moncada




Santiago Garcés Moncada


Nació en Itagüí el 3 de junio de 1999, ganó el 2º lugar en el concurso de poesía “Historias para volar la imaginación” (2016), fue ganador del 1º lugar en el primer y el tercer premio municipal de poesía y cuento corto de Itagüí (2018 y 2020) y es co-autor de los libros con las obras ganadoras de estos certámenes, es co-autor del libro “Deshielos de tinta” (2019), su cuento fue publicado en “Medellín en 100 palabras” (2019), participó del Festival internacional de poesía de Medellín como poeta del territorio (2018 y 2019). Abriéndose fronteras fue seleccionado para publicar sus cuentos y poemas en diferentes medios de Bolivia, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos y México (2019-2021), participó de la antología de cuentos “Antes del 2020” publicada por la editorial mexicana DINKreaders. Actualmente estudia ingeniería electrónica en la Universidad de Antioquia, es miembro del taller literario Letra-Tinta y es cronista de la revista Bohemia.




Súplicas y pañuelos


Recuerdo mi rostro de horror reflejado en el vidrio del féretro, dos días habían pasado apenas... Tengo aún en la memoria la sensación de la caída, y el dolor de cabeza resultante del golpe hacía latir con fuerza las venas cerca a las sienes. Todos me rodearon rápidamente al escuchar el estruendo de mi cuerpo contra el suelo, el olor de un algodón lleno de alcohol me había hecho recobrar el sentido, me sentaron en un banquillo y me preguntaron qué había visto en el ataúd que fuese capaz de hacerme desmayar, pero no pude responder nada, solo atiné a levantar la cabeza y posar mis ojos sobre Aurelio, el tanatopractor de la funeraria que había salvado mi vida días antes.


Empecé a trabajar como chofer de una funeraria la semana pasada, me habían contratado por el total escepticismo frente a lo paranormal que había presumido en la hoja de vida, él estaba arreglando el cuerpo que yo tenía que transportar, era mi primer día y entré por curiosidad para mirar cómo iba, me dijo que solo faltaba ponerle un pañuelo en la camisa y podía llevármelo. Miré al hombre dentro del cajón y se veía bien, no había muerto accidentado, debía tener el doble de mi edad, se le notaba que estaba muerto aunque el maquillaje le diera algo de luz a su rostro, tenía los ojos cerrados y de uno de ellos salió una gran lágrima pesada que se quedó en el lagrimal y no se movió de ahí, sentí mucha lástima por él y tomé mi pañuelo para limpiarlo, pero justo antes de que mi mano llegara a su rostro, Aurelio grito: ¡No lo limpies! Detente muchacho—, el tono de su voz me hizo retroceder con un fuerte escalofrío. Me contó que cuando los difuntos tienen miedo de irse solos al más allá lloran como última súplica para encontrar quien los acompañe, y que pude haber sido yo si se hubiera demorado un segundo más en darse cuenta de mis actos.


La verdad no le creí mucho, había quedado como un miedoso al asustarme con su grito, y no podía seguir mostrando debilidad creyendo en esas supersticiones. Aurelio cerró el féretro y los dos hombres que esperaban en la acera entraron y lo llevaron hasta el auto, comencé a conducir y rápidamente había olvidado lo sucedido, llegué a la sala de velación y bajamos el ataúd, lo llevamos a la mitad de la sala y alcé la tapa para que sus familiares pudieran ver la nostálgica belleza que había pintado Aurelio en los frígidos pómulos del difunto, pero me llevé una desagradable sorpresa al descubrir que aquella lágrima seguía ahí, no se había movido ni un milímetro y ahora parecía más grande.


Cogí un café y tomé un gran trago, decidí esperar en el auto y tras una hora llegó el momento de llevar el cadáver para ser enterrado, los muchachos montaron el ataúd pero se fueron para el cementerio en otro carro, el jefe me ordenó esperar a la madre del difunto para transportarla hasta el lugar, era una mujer anciana pero de tierna mirada, tenía los párpados hinchados y la humedad de sus ojos color miel no paraba de aumentar, se quedó callada los primeros minutos, luego dijo para sí: Ay mi niño..., el hombre tenía unos cuarenta años, pero recordé lo que mamá decía: “Sin importar cuántos años tengas, siempre serás mi niño”, y al parecer esta mujer también lo sentía así. Me contó que había muerto de una neurisma en su departamento, que era una persona muy solitaria y que ella lamentaba no haberle podido enseñar a conseguir más amigos, me dijo que su hijo estaba tan triste que al ella mirarlo pudo ver una lágrima en sus ojos y que tras limpiarle el rostro se sintió más aliviada, por primera vez en el viaje soltó una leve sonrisa, decidí no contarle las historias de Aurelio. Llegamos al cementerio, los muchachos bajaron el ataúd y la mujer bajó del vehículo, sacó un billete de diez y me lo dio con cariño, no tenía más transportes ese día, así que guardé el carro en el garaje y asistí a la misa del hombre, luego un empleado que vestía botas y overol comenzó a echar paladas de tierra hasta sepultarlo por completo, la mujer dijo unas palabras de despedida y todos se marcharon, yo también me fui a casa y no la vi más.


Hice varios transportes al otro día, tres personas, tres velorios que tuve que esperar, estaba algo cansado, pero al menos al otro día solo tenía un servicio funerario. Fui a recoger el ataúd, Aurelio había terminado de ponerle el rubor a las mejillas del único difunto de esa tarde y acababa de bajar el cristal, me acerqué para ver quién había tenido la mala suerte de morir, y ahí la vi, era la madre que había limpiado la lágrima de aquel hombre, un corrientazo atravesó mi espalda y contrajo los músculos de mi cara en una mueca de terror, sentí que palidecí, la mirada se me puso negra y me fui de espaldas hasta dar en el piso desmayado.


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