"El mago" de Víctor M. Campos


Víctor M. Campos se formó en el Taller Levreriano de Escritura Creativa, dirigido por Carmen Simón, en su capítulo Querétaro. Además, es licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, y tiene un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad en la Pablo de Olavide. Es cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro, con los títulos La Diablera y otros cuentos (2005), Los Cuentos del Arcángel (2006); además por una docena de revistas electrónicas tales como Bitácora de Vuelos, Monolito, Interliteraria, Rito, etc. Desde 2009 imparte talleres de escritura y actualmente es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual. Nació en la CDMX.




EL MAGO


Los lugares verdaderos nunca aparecen en los mapas:

Herman Melville


—¿Por qué me hablas en inglés?

Se miran y, unos segundos después, ríen. El mago abre la Ziploc y, de uno en uno, hace aparecer los objetos necesarios para empezar su acto. En la palma de la mano la sábana de papel. En la otra, entre los dedos, la cola gorda y fragante: ese cogollo que apenas con una terna de movimientos desgrana, enrolla y termina de forjar. Sus labios y la lengua lo ensalivan todo como ciertos dialectos hacen con las palabras. Le pasa el porro al otro, se lo pone en las manos frías y pequeñas, y le acerca el encendedor. Préndete. Lo invita a sentarse en cualquier escalón que junto a los otros sube al Albaicín o baja hacia quién sabe qué abismos mientras le cuenta cómo ha entrado saltando vallas o cruzando el mar.

Gourmet, ganja, Granada.


En Europa los trenes rifan aunque es verdad que son caros. Apenas se da el primero, esas tres fumadas que se alargan y se alargan en la medida en que se van sucediendo, él siente cómo se ponen en movimiento las cosas; cómo se hablan unas a otras con una lengua distinta a la de todos los días. El mago se llama Hassan y él no comprende del todo lo que Hassan le dice: Hassan tampoco entiende esa lengua híbrida en la que sea que él intenta responderle. No pasa nada. La ganja es el puente que les facilita la tarea de mover frases torpes e ideas sin sentido de un lado a otro. El imponente arco de Elvira les regala su compañía para que puedan sentarse, tranquilos, y dejarse llevar por la suave rotación del mundo. Pensar que casi se le dejan ir por unos gramitos cuyas semillas, según palabras de Hassan, vienen desde el Rif, le hace sonreír de nuevo. Por fortuna, cree, a él no le falta mundo ni tampoco barrio. Es por eso que sólo paga el doble por algo que, en cualquier pasillo de la UGR, le hubiera costado la mitad.


Luego de varios trenes más su imaginación se ha echado a andar: el mar, la noche, una embarcación improvisada para atravesar ese doble abismo, luego, la valla de alambre: la cicatriz queloide en la cara del otro. En lo que a él respecta, está en Granada para una maestría o alguna tontería como esas, así que mejor se calla, mejor se levanta y chocan los puños. Si ha de ponerse paranoico, si le ha de dar la pálida, no quiere que sea frente a un hombre que lo supera tan ampliamente: uno que ha arriesgado la vida para llegar hasta acá; que une, en un solo gesto, el arriba con lo de abajo. Él guarda la ganja en la bolsa de la chamarra y sin estar seguro del todo vuelve por donde ha venido. Hassan le grita, cuando él está a punto de desaparecer en la esquina, aquel sonoro «adiós, güey», enfatizando el vocativo que algunos mexicanos llevan como bandera por el mundo y que otros guardan como un souvenir.


Este güey, entonces, baja hacia La Gran Vía y espera obedientemente hasta que el semáforo se ponga en verde. Luego, ¿para dónde es?, se acomoda los audífonos, sube el volumen y finge que sabe lo que no sabe. Ese argelino o senegalés ha tenido la cortesía de salirle al paso, con la Ziploc en las manos, para venderle unos gramos y dejarlo a la deriva, después, en cualquier callejón.

Trajano debe andar por ahí.

Baja la ancha escalinata y cuando todo está a punto de ser devorado por la oscuridad, unas espigas de luz crecen en los rabillos del ojo hasta que esa mole alumbrada desde el suelo, al doblar en la esquina, al fin le revienta en plena cara.

—¡Qué mierda es esto!

La luz pone al descubierto esa puerta que es un arco macizo de medio punto coronado por un festón en el que figura, al centro, el escudo de armas. Apenas arriba, igual de ensimismados que él, varios personajes esculpidos en la piedra reproducen alguna escena gastada al tiempo que resguardan la puerta. La mirada sube por las paredes llanas hasta la ventana de arco ojival y encima, con cara de que todo el mundo le pela la verga, el ave heráldica grazna algún himno triunfal que de todos modos él no puede escuchar. Las paredes llegan al cielo con la gracia de los remates y sus puntas caladas. Él contempla aquella cosa cuyas sombras, contornos y realces lo dejan estupefacto por un largo rato. Finalmente cierra la boca y sus ojos caen al suelo cuando se acerca a leer la plaquita para turistas. Así descubre que el sepulcro de la mismísima Juana está detrás de esas paredes. Cree que es el destino quien le hace un guiño así que él corresponde riéndose. Está alegre de que puedan entenderse, aunque sea de a ratos, y reírse del mismo chiste que resultará una reverenda mamada para el que no sea un mariguano de verdad, y aun para el que sí.

Eso, o es que se le ha subido el payaso.

Siempre hemos de estar prevenidos contra el que ríe solo. Los que pasan lo saben y por eso le dirigen esas caras de momia de los que ya olvidaron cómo reírse de sí o consigo mismos. Otros, al pasar, también ríen, quizá con él o quizá de él, celebrando la contingencia de estar con vida una noche más. Él ríe porque todo le da risa y porque no es ajeno a ese verbo con que se describen las portadas como la que se le ofrece, de pies a cabeza, a cualquiera que pasa por ahí.

«Adiós», dice él, para quien esté interesado en decirle adiós. Quiere irse ya. Tiene la esperanza de que al llegar al final de la cuadra y doblar a la izquierda se tope al emperador romano tirando esquina con el filósofo griego. Le falta mucho o poco para llegar pero ya quiere hacerlo; ya quiere subir por el elevador, entrar y beberse un trago de la botella que ha traído en la maleta. Este aire del final del invierno hace que la noche se ponga fría. —Adiós, Juana —dice, pero Juana lo deja con la palabra en la boca. Ella se ocupa de su propia locura, como hace todo el mundo, y nada más.


Vaga hasta llegar a Sócrates y agarra el elevador. Desde el balcón lo mira todo y entre las calles cree adivinar el trazo de ese nuevo camino. No sabe bien si tendrá las agallas para recorrerlo. Tampoco a dónde, como nadie lo sabe, a dónde habrá de llevarlo. Por lo pronto un shot de mezcal y un último tren. Cierra los ojos y puede sentir cómo gira el mundo, esta noche al menos, a su alrededor. Este lugar, con su aire de la media tierra, lo inspira; le comunica alguna dicha fugaz: «estás aquí». Él respira profundo y goza. Una o varias montañas sinuosas lo esperan en el horizonte, pero por ahora, — ¿eso qué, güey?

¿Eso qué?


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